jueves, 9 de diciembre de 2010

PARA VOLVER A VOLVER (Crónica de un viaje a Petén)







 Lo que voy a describir ocurrió hace mucho tiempo, por lo cual no todas las cosas que recuerdo son tan claras como quisiera, pero sí ocurrieron en realidad.

Son las cinco de la mañana del viernes 10 de noviembre de 1978, me cuesta un bigote despertarme, pero poco a poco voy abriendo los ojos, que me pesan terriblemente. 


En la cama contigua René ronca plácidamente y, por lo visto, no tiene la menor intención de levantarse; parece que el único entusiasmado con el viaje que vamos a realizar soy yo.

Con mucha dificultad me deslizo hacia el suelo y sosteniéndome con una mano apoyada en el piso, con la otra suelta le halo las chamarras; como si hubiera estado conectado con la cubrecama, René lanza  millones de tapotas y vulgaridades y con un gesto entre risueño y como la gran p... vuelve a maltratarme. Yo hago caso omiso y le reto a que se levante, todavía tenemos que bañarnos y desayunar...

Hace un frío de cien mil diablos (por cierto, nunca he sabido qué tienen que ver los diablos con el frío, se supone que ellos están muy calientitos allá abajo) y por poco no logro llegar al baño, casi quedo como chocobanano. 


Lo cierto es que, la salida, que teníamos planificada para las seis de la mañana, se realizó rondando   las ocho menos cuarto de la mañana.

Cabe decir que, como premio a mi esfuerzo y por haberme graduado recién el 28 de octubre, me gané un viajecito a Petén invitado por mi, en ese momento, gran amigo René Soto.


 Aunque en principio el viaje lo realizaríamos en un avión de la fuerza aérea, René me lavó el coco y me convenció de que lo hiciéramos por tierra; para ser más explicitó, nos iríamos en su moto, una Kawasaki azulita, creo que 1800, con el fin de ahorrarnos dinero.

Créanme, salir con René era un auténtico dolor de cabeza, ¡qué hombre para ser tan displicente y haragán!

Todavía, antes de enfilar para la zona 1 pasamos donde una su conocida que residía en la zona 11 y luego, por fin, nos dirigimos hacia el Centro.

No contaba yo con que aún nos faltaba una visita. 


Así es, ya en la zona 1 nos dirigimos a la trece calle y sexta avenida, allí funcionaba antiguamente  un local de Hardee´s donde trabajaban unos amigos de mi amigo, lo bueno fue que nos regalaron unos pies de manzana y papas fritas para el camino.

Por fortuna, solo yo llevaba mochila, René había dejado toda su ropa en mi casa con el pretexto de que él tendría que regresar en diciembre. Así que nos pusimos en camino rumbo a la carretera CA9, conocida vulgarmente en Guate como carretera al Atlántico...


Eran ya las diez de la mañana cuando atravesábamos el puente Belice  con rumbo a la carretera del Atlántico y a pesar del casco, el aire frío de noviembre calaba hasta los huesos.

Recién habíamos pasado un bolardo que señalaba el kilómetro cien, cuando la moto se detuvo intempestivamente y aunque René lo intentó una y mil veces, ésta no arrancó. 


Gracias a Dios,  unos cuantos metros adelante encontramos  un taller mecánico y nos dirigimos hacia él. 


El dueño nos atendió muy amable, empezó a revisar la moto como si fuera una modelo despampanante y luego de tres o cuatro tosidos, cinco  escupidas y seis -ejem...ejem-, nos vio fijamente y  con voz escueta dijo-son los anillos usté...-.

Kilómetro 100, carretera al Atlántico

Media hora nos tomó convencerlo de que nos desarmara la moto, pues argumentaba que era mecánico de carros y bueno... en casos especiales el costo... -usté ya sabe...-

Claro, entendíamos que el -usté ya sabe- nos iba a salir caro, pero no teníamos opción si queríamos continuar el viaje, así que aceptamos. 


Para ser mecánico sólo de carros, se portó muy diestro en la desarmada del motor de la moto y muy pronto René se encaminaba en bus rumbo a Teculután, único lugar donde podíamos conseguir los repuestos. 


De tal manera que yo tuve que quedarme a esperar, prácticamente sin un solo  centavo en el bolsillo,  ya que mi querido amigo me lo pidió todo por precaución -usté ya sabe...-.

En esos tiempos todavía había gente buena y confiada; al medio día, con un calor seco, típico de la región, yo tenía la boca tan árida como  un desierto y sudaba a mares. La esposa (digo yo que era la esposa...) del mecánico me dió un vaso con limonada y un Tor Trix que cargaría a la cuenta en cuanto René regresara, lo cual ocurrió cerca de las cinco de la tarde.

Un estruendo se hizo sentir y cuando todos volteamos a ver, una Yamaha  TT-500 de color amarillo hizo su ingreso al predio del taller a toda velocidad, en ella venían René y otro muchacho a quien no conocía, pero que resultó ser compañero de estudios de René y ocupaba sus ratos de ocio en coleccionar y reparar motocicletas. 


Ciertamente,  en menos de lo que canta un gallo, que a esas horas ya estaba, muy seguro, dormido, teníamos la moto otra vez funcionando. Cancelamos lo que el mecánico nos pidió por sus servicios prestados y tomamos camino otra vez hacia Río Dulce.

Cuando pasábamos por Teculután decidimos pasar a cenar a Longarone, un famoso restaurante que todavía estaba abierto y nos reempujamos una opípara cena, aunque yo tuve la precaución de no engullirme toda la comida y guardé, envuelto en una servilleta, un pedazo de carne a la milanesa para el camino. Demás está decir que el famoso ahorro no se estaba dando y, al contrario, mi capital iba disminuyendo conforme avanzaba el viaje.


No sé si fue una premonición o no, pero al rebasar el kilómetro 175 un ave se fue a estrellar violentamente en el casco de René y -usted ya sabe...-, debimos detenernos para limpiar nuestros cascos y la ropa...

Teníamos poco tiempo de haber superado el cruce que conduce a las ruinas de Quirigüa, yo calculo que era el kilómetro 236 o 237, cuando la moto se paró otra vez, solo que en esta ocasión todo se trabó, la luz se apagó y nos quedamos íngrimos y sólos en una carretera obscura y silenciosa a eso de las nueve y media de la noche.

Con una sonrisa que a mí me pareció  idiota, René me dijo muy calladito-se nos olvidó kilometrarla...-. ¡se nos olvidó... se nos olvidó...!, ¡ a él se le olvidó!, yo jamás en mi vida había manejado una moto, mucho menos iba a saber cómo mantenerla, de tal forma que a mí no se me pudo haber olvidado, porque no lo sabía.

Nos encontrábamos con un desconcierto total cuando un camión repartidor de gaseosas se detuvo junto a nosotros; un -¿qué pasó muchá... se les jodió la moto?- provino de la cabina del piloto, un muchacho joven que vestía una camisa con cuadritos rojos y blancos, quien de inmediato nos ofreció subir la moto al camión y regresarnos a Guatemala. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a regresar a ninguna parte, mi destino era Petén... y a Petén iría, fuera como fuera.

Agradecimos el gesto amable del muchacho y continuamos nuestro camino; por momentos empujaba yo la moto y René sostenía la mochila y los cascos, luego cambiábamos y mi amigo se encargaba de hacer avanzar a la condenada moto. 


Nuestra meta era llegar a la Ruidosa, al cruce que desvía  la carretera con un ramal que lleva hacia Izabal y el otro hacia Río Dulce, pernoctar allí y luego, al día siguiente,  tratar de convencer a un convoy militar que pasaba por el lugar como a las cinco de la mañana, para que nos llevara hasta Río Dulce.

En el camino nos encontramos a un grupo de campesinos que nos observaron entre sorprendidos y burlones, les preguntamos cuánto faltaba para la Ruidosa y nos contestaron con un lacónico- Ya poquito... sólo una subidita y una bajadita...-; subidita y bajadita que se hicieron eternas hasta que, como a las cuatro de la madrugada, completamente agotados nos detuvimos en un recodo de la carretera para descansar.


 Acomodándome estaba sobre una gran piedra, cuando  René lanzó un grito y empezó a saltar diciendo- ¡Llegamos... llegamos...lleeegamos!- y con su índice derecho señalaba frenéticamente hacia adelante.

Me apuro a levantarme y casi corriendo llevamos la moto hacia una galera que se encontraba cabalmente donde la carretera se bifurcaba. La espera fue terrible, en el área zumbaban unos zancudos pequeñitos, pero que parecían tener taladro, pues nos picaban a través de la ropa, que en mi caso era lona y tuvimos que colocarnos los cascos para que no nos despedazaran la cara, amén de que  el frío de la madrugada hacía que tembláramos como gelatinas.

Así luce, en la actualidad, el cruce de la Ruidosa

Cabalmente, a las cinco de la mañana apareció una comitiva militar y René, con el júbilo marcado en su rostro, se dirigió hacia ella, les hizo señas con las manos, la caravana se detuvo y René habló con un oficial que movía insistentemente su cabeza de un lado hacia otro.Mientra, yo observaba, aterido y picoteado, desde lejos la escena.

Cuando llegó hacia donde yo  me encontraba, René, con un mal disimulado desconsuelo, me dijo que los militares no iban para Río Dulce en ese momento y que nos harían el favor , pero hasta las tres de la tarde. 


En verdad, yo parecía una estatua, sin embargo, me encontraba calmado. De repente apareció un pick up rojo que paró frente a nosotros; no sé de dónde salieron tantos aparceros, pero en un momento llenaron la palangana del pick up y, entre risas y tontos comentarios, se acomodaban uno por uno. 


Nosotros aprovechamos el instante para tratar de convencer al chofer de que  nos llevara a nuestro destino, lo que logramos con no poca dificultad y cinco quetzales de por medio, la cosa fue que aceptó y entre René y yo subimos la moto a la palangana; cabe decir que ninguno de los campesinos nos ayudó, parecía, incluso, que no existíamos para ellos.

Parados, en medio de la palangana, iniciamos el recorrido rumbo a Río Dulce. La carretera era de tierra, una tierra que a veces se tornaba rojiza y pronto volvía a su color natural. 


Entre parada y parada nos tomó casi tres horas llegar a la entrada del pueblo, donde el vehículo se detuvo y el chofer  nos indicó que hasta allí llegaba...


Nuevamente, entre los dos bajamos la moto  que, a nuestro parecer, cada vez se hacía más pesada.

En esa época no existía el monumental puente que hoy atraviesa esa parte angosta del río, sino que había que esperar turno para abordar un ferry que cruzaba,  tanto a pasajeros como a automotores, al otro lado del río.

 Ese era el momento que nosotros debíamos aprovechar para tratar de encontrar a otro buen samaritano que nos llevara a Poptún, en el peor de los casos, o a Flores si corríamos con suerte.

Finalmente, luego de tres horas bajo el calcinante sol y de ir de Herodes a Pilato, conseguimos que un amable señorón nos llevara. Este, a diferencia de los tripulantes del anterior pick up, pues era más acomedido (como dicen en mi pueblo); únicamente nos pidió que nos embarcáramos nosotros primero en el ferry y que lo esperáramos en la otra orilla, conforme llegara su turno, tal vez media hora o cuarenta y cinco minutos.


Por suerte logramos colarnos en el siguiente viaje del ferry y, créanme, fue una experiencia maravillosa atravesar el magnífico Río Dulce de esa manera; el tráfico de lanchas no era denso y podíamos contemplar la anchura del río con toda su magnificencia. Embebido como estaba, no me percaté en que momento el ferry  encalló ni cuánto tiempo hicimos en el recorrido, que a mí me pareció corto...

Como íbamos con la moto nos permitieron descender primero y lentamente buscamos un lugar propicio para evitar que la persona que nos llevaría pudiera perdérsenos. 


El hambre ya apretaba, pero no podíamos gastar ni un centavo hasta no saber cuánto nos cobrarían por el viaje; en ese momento recordé que llevaba el pedazo de carne migada envuelto en la servilleta dentro de la mochila, la busqué como loco y cuando apareció sentí la gloria. 


Nos repartimos mita mita y luego  de una larga espera divisamos el ferry que venía nuevamente, pero esta vez con  el camioncito blanco donde nos iríamos.

Diez quetzales nos pidió el amable señor por llevarnos a San Luis, un pueblito a cerca de diez y ocho kilómetros de Poptún; sin otra opción decidimos aceptar y nos encaminamos a subir la moto a la palangana del camión, sin embargo a un chiflido del piloto apareció de la nada  un tipo entuerto, canoso y de mal aspecto con un machete curvo en la mano que se nos quedó viendo con cara de pocos amigos y con una voz gangosa nos preguntó dónde estaba la moto.

Entre los tres la subimos a la palangana y la atamos a una viga de madera que atravesaba ésta; para evitar que la moto cayera dispusimos turnarnos para irnos sentado uno  en la moto y el otro durmiendo un poco para recuperar fuerzas. 


Me tocó primero descansar, así que René se encaramó en la moto  y lentamente, por un camino de tierra, angosto y agreste, el camión empezó su recorrido.

Luego de un buen trecho me incorporé y le ofrecí a René cambiar, lo que aquél aceptó gustoso. 


A pesar de ser una camino maltratado y de ir en subida, no por eso dejaba de ser hermoso; hacia la derecha un muro montañoso lo protegía, pero hacia la izquierda todo era puro barranco, repleto de árboles y de aguadas donde esperaba yo ver aunque fuese sólo un lagarto, lo que por cierto, se me concedió.

Ensimismado como iba con la belleza del paisaje, no me percaté que el camioncito empezó a retroceder y  me dí cuenta de esto  cuando la llanta trasera patinó y el vehículo se inclinó hacia la siniestra; de un salto me bajé de la moto y me acerqué a la orilla de la palangana, solo para advertir que el camión se descolgaba hacia abajo.


A gritos traté de despertar a René, sin embargo éste no me respondía, entonces brinqué hacia la carretera y pude observar que hacia nosotros venía, muy despacio, una pipa de combustibles. 


En aquel entonces, por esa carretera no cabían dos vehículos, de tal forma que él que iba en subida debía retroceder hasta un claro para permitir el paso del que venía. 


Al mismo tiempo tiempo que yo bajé, lo hizo también el malencarado ayudante, quien se trepó como mico a la palangana, escarbó rápidamente y sacó un gran trozo de madera; tras un grito ininteligible y unos rudos ademanes, lo lanzó fuera del camión, yo lo recogí y como pude traté de meterlo bajo la carrocería, pero en ese momento el tipo me lo arrebató, lo puso en diagonal pidiéndome que lo sostuviera mientras  el piloto hacía rugir el motor. 


De pronto, el camión empezó a avanzar  poco a poco hasta que la llanta tocó tierra otra vez. Al voltear pude ver al ayudante metido en el barranco levantando con sus manos el otro extremo del madero.

Para todo ésto,  René ni siquiera despertó y cuando le conté, unos kilómetros adelante, se puso lívido y empezó a reír nerviosamente.

Gracias a Dios, el resto del recorrido transcurrió sin ninguna eventualidad y a las cuatro de la tarde llegábamos a San Luis, un lugar muy pintoresco, aunque un poco solitario. 


Le dimos las gracias y los diez quetzales a nuestros buenos samaritanos  y nos encaminamos a una tienda que logramos divisar. Sin embargo, nada más logramos comprar un par de bananos que nos devoramos con avidez.

Dadas las circunstancias, tomamos la decisión de empezar a caminar empujando la moto y tratar de llegar a Poptún ese mismo día por la noche. 


Durante la travesía pasaron varios camiones y pick ups, pero ninguno atendió nuestra señal de auxilio. 


Como a las seis de la tarde René no soportó el cansancio y se desplomó dejándome a mí con la moto encima; como pude me la quité y, ya desesperado, me dirigí hacia la mitad del camino. 


En ese instante se aproximaba un camión tapisquero que, Dios es tan grande, detuvo su marcha, me aproximé al lado del piloto y le expliqué lo que nos pasaba. Ni lento ni perezoso el chofer se bajó del camión, llamó a su ayudante y subimos la moto a la carrocería, lo que costó bastante, hay que anotar.

Todavía hicimos dos o tres paradas para recoger la tapisca y entonces, en la última parada, el ayudante me indicó que me pasara a la cabina y que él cuidaría la moto. 


Por cierto que René iba desde el principio en la cabina, pero cuando yo subí se encontraba bastante recuperado y bromeaba con el chofer. Para no hacer largo el cuento, resultó que el camionero era también de San Juan, de una aldea llamada Cruz Blanca y cada cierto tiempo viajaba al Petén para comerciar. 


Gracias a esta coincidencia, cuando llegamos a Poptún, casi a las ocho de la noche, el coterráneo no quiso cobrarnos nada y todavía nos ayudó a bajar la moto.

Ya en Poptún, con hambre, con frío, shucos y despeinados, no tuve otra opción que  preguntarle a René con la mirada qué diablos íbamos a hacer en ese lugar, hermoso, pero desconocido para mí. Entonces René, bajando la cabeza y sonriendo cínicamente me dijo- caminá, vamos pa´donde mis abuelos, que viven aquí cerquita-

¡Cabal!, caminamos dos o tres cuadras y llegamos a un pintoresco ranchito, rodeado por unas varas atadas con alambre de amarre y con un inmenso patio de tierra coronado por unos grandes troncos donde dormitaban algunas gallinas.


 René abrió la reja hecha de cañas y se adentró hasta la puerta misma del rancho, tocó y al instante salieron dos ancianos, delgados ambos, que saludaron efusivamente a mi amigo, quien sin mediar palabra corrió hacia donde yo estaba y me apresuró a entrar la moto que, por fortuna,  cabía en la entrada.

Después de las presentaciones de rigor, los abuelitos de René nos invitaron a darnos unos guacalazos en la pila que me reanimaron en verdad. Luego pasamos a sentarnos a una mesa pequeña y algo coja mi compañera, en la cual habían dos platos que contenían una sopa descolorida y sazonada con algunas hierbas que no reconocí. Como sea, para mí esa sopa era simplemente  un exquisito manjar que,  literalmente, me atraganté .

Más noche, René y yo salimos a recorrer las calles polvorientas de Poptún y  cuando consideramos conveniente, regresamos a la casa de sus abuelos para acostarnos, ya que al día siguiente salía un bus a las cinco de la mañana con destino a la isla de Flores.

Los abuelos de René me acomodaron una hamaca en medio del rancho que, para mi infortunio, se rompió  pasada la media noche, pero no tuve aliento para levantarme y me quedé dormido en el piso. 

No cabe duda que estábamos salados. A las cinco y media René se despertó sobresaltado y a gritos corrió a despertarme repitiendo sin césar que el bus ya había pasado, lo cual, como es dable suponer, era cierto, sin embargo él insistía en que si nos apurábamos quizás podríamos alcanzarlo. 


Nos despedimos apresuradamente de los buenos ancianos y empezamos a caminar lo más de prisa que podíamos. Las calles estaban desiertas y por casualidad topamos con una persona que nos confirmó lo que temíamos... el bus ya había pasado.

Yo consideraba que, sí habíamos sobrevivido a todas las peripecias y contratiempos sufridos antes de llegar a Poptún, lo que nos ocurría ahora no significaba absolutamente nada, así que insté a René a continuar caminando hasta donde las piernas aguantaran  con la esperanza de encontrar cualquier tipo de transporte que nos llevara a Flores. ..

Eran las nueve de la mañana y nos encontrábamos sentados en la orilla del río Machaquilá cuando unos campesinos nos informaron que arriba, en la aldea, pasaba una Coaster con destino a Flores, de tal  forma que a tropiezos  nos dirigimos a un entronque que, con pelos y señales, los campesinos nos indicaron. 

Olvidaba decir que la moto se había quedado en casa de los abuelos de aquél, por lo tanto nuestro único equipaje era mi mochila, a la que yo recordaba de color azul, pero ahora tenía unos primorosos toques café.

En adelante, todo fue miel sobre hojuelas, tardamos nada más que cinco horas en llegar a Flores, parados todo el camino y oyendo sin descanso un cassette de Nelson Ned que, por lo visto, le fascinaba al chofer.

De repente, Santa Elena apareció ante la vista del piloto, porque frente a la mía era en realidad muy difícil si tomamos en consideración que me encontraba apretujado entre dos señoras de voluminosa complexión que casi me asfixiaban. 


A lo lejos pude divisar algunos techos y rótulos comerciales, pero nada más. René, que se encontraba casi doblado sobre uno de los sillones me  dijo en voz baja que en ese momento el ruletero ingresaba al relleno para conducirnos, finalmente, a la isla de Flores.

La voz aguda y destemplada del ayudante nos indicó que el viaje había finalizado. Nos tomó quince minutos poder bajar , pero cuando lo hice, ante mis ojos el bello lago de Petén Itzá parecía dormitar y sus aguas se mecían suavemente ante el empuje tibio de una tímida brisa. 


A pesar de la hora el sol pegaba con toda su plenitud sobre mi rostro y el calor era insoportable, sin embargo todo había valido la pena al contemplar la magnificencia del lago y la paz que se respiraba en aquella olvidada isla de Ciudad Flores.

En pocos minutos René conversaba animosamente con unos lancheros que lo trataban  de manera muy familiar, me llamó y al acudir yo, me presentó con aquella gente simple, pero muy cordial, que me invitó a subir a una de las lanchas, la cual partiría en pocos instantes hacia nuestro destino final, nuestro verdadero destino final, el pueblo de San Andrés, situado en una de las orillas del lago y donde, a la sazón, vivía la familia de René.

De esta manera terminó una pequeña crónica de un viaje no anunciado, que me permitió, gracias a Dios, vivir los cuatro meses más hermosos de mi vida en esa inolvidable estancia en tierras peteneras.  


Ojalá pueda, así lo espero, contar en próxima ocasión todo lo que viví en ese acogedor y hermoso municipio de San Andrés, Petén. 


A la memoria de Héctor René Soto (QEPD), cobardemente asesinado en  la década de los ochenta en su pueblo natal.

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