martes, 9 de noviembre de 2010

LOS ATAUDES URBANOS- SEGUNDA PARTE

No deja de tener, sin embargo, algo de pintoresco esto de los buses urbanos. Y es que en Guatemala, un bus urbano, o camioneta como le llamábamos antes, desafía todas las leyes de la física y de la química.

Una condición sine qua non de un bus urbano es que el medio siempre está vacío. Por algún motivo los extremos de estas chatarras toda la vida andan atestadas de gente, pero el medio, el medio es sagrado para los brochas y los pilotos; en ese punto exacto de la camioneta jamás hay nadie, ni nada, ni lo habrá y durante todo el recorrido usted oirá decir en cada parada- córranse para en medio , por favor, está vacío...señito, haga caso, en medio hay lugar... si no se quiere mover, tons dé permiso... el caballero de chumpa azul, ¿ es sordo o es burro?,¿ no oyó que en medio va vacío?- frases repetidas hasta la saciedad en todo el trayecto y no cabe duda que la visión de los brochas debe ser muy aguda o digna de Superman, porque aunque usted trate de llegar al famoso medio, treinta o cuarenta personas hacinadas cerca de  él se lo impiden; lo que es más, en lugar de darle permiso le sueltan dos o tres tapotas pues usted se paró en los cansados pies de ellos y de nada valen las disculpas.

Cuando, por fin, logró acomodarse debe soportar a otras sesenta personas encima suyo que tratan también, infructuosamente, de llegar a donde el brocha les indica. Por cierto que para gritar a todo pulmón que se corran, el susodicho brocha va encaramado en una de las ventanas sosteniéndose asido al vidrio y con los pies colgando.

De pronto, alguien que va malo de la panza decide lanzar al viento un piropo  que huele a a agua de rosas... shucas y en cuestión de segundos el aroma se dispersa por todo el bus mezclándose con el olor a patas, a golpe de ala, a mal aliento y a perfumes baratos que ya deambulan en el interior del medio de transporte. Yo creo que los chapines citadinos ya perdimos el sentido del olfato, pues no logro entender cómo aguantamos esa mescolanza de olores sin que nos haga llamar a Hugo y podamos llegar vivos a nuestro destino.

Y hablando de llegar vivos, en la actualidad eso se ha convertido en un auténtico reto; si no son los mareros que disparan a mansalva al bus porque el chofer no quiso pagar el impuesto, son los mismos choferes los que temerariamente deciden ir a empotrar el bus a cualquier poste o pared que se atraviese por el camino, dándose inmediatamente a la fuga y dejando a los sopapeados usuarios  super amolados..

Debo añadir que no siempre son los señores mareros los que se encargan de practicar tiro al piloto, muchas de las muertes de éstos son producto de sus abusivas acciones y, creánme, no falta un disgustado vecino cuyo carro fue chocado por un bus, que no decida perseguirlo y clavarle dos o tres disparos entre ceja y ceja al imprudente piloto.

Otras veces son pistoleros a sueldo contratados por otros pilotos mafiosos o por dueños de autobuses que están dedicados a la extorsión dentro de su propio gremio los que por un ¡ quítame de allí esas pajas! se soplan a quienes no quieren colaborar voluntariamente con su próspero negocio.

Y no debe faltar la venganza de alguna damisela, que sintiéndose burlada y despechada, decide cobrarse la revancha. Y es que parea cantinear se pintan los ilustrísimos choferes. Dese cuenta, si alguna vez encuentra un bus vacío de usuarios, verá que junto al motor van tres o cuatro patojas a quienes el conductor les anda rascando el ala y disfrutan de un colazo gratis antes de que termine el turno.




Este pésimo servicio de transporte urbano no siempre fue así. Allá por los setenta, aunque era malo, era más o menos eficiente, nadie asaltaba los buses, habían inspectores que resguardaban el cumplimiento de las rutas, existían suficientes unidades para cubrir dichas rutas e, incluso, por cinco len podía uno estar en permanencia voluntaria como ocurría con la ruta 5 negro. Muy pocos buses tenían radio y si lo tenían la música que transmitían no era  la horrenda  de ahora, no habían extorsiones ni impuestos y los vendedores prácticamente no existían; los asientos eran de cuerina y, believe it or not, había timbre en las camionetas. Incluso, si uno quería, podía echarse el pestañazo aunque eso costase pasarse la parada.

En la actualidad, la Municipalidad puso en práctica un novedoso servicio llamado Transmetro que ha llenado en cierta forma  las expectativas, desafortunadamente el tamaño de nuestras calles y la dificultad de colocar las terminales hace que no sea tan exitoso como debiera serlo.

Por otro lado, el gobierno actual,  en contubernio con los señores transportistas ha empezado el proyecto del Transurbano, cuyos choferes, provenientes del mismo servicio urbano regular, ya hacen en las calles lo que se les pega en gana. Este sistema cuenta con un servicio prepago instituido para evitar el moco de los choferes y que las ganancias vayan directo a los empresarios, quienes, por aparte, se llenan los bolsillos con el subsidio estatal que permite tanto desmán. Por cierto, la forma en que se empezaron a vender las tarjetas prepago fue muy sospechosa y no se puede descartar un funesto plan entre el actual gobernante y los dueños de los buses, con miras a realizar un fraude electoral el año próximo y es que cuando el río truena, es porque piedras lleva...






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