Al finalizar el conflicto Este-Oeste (URSS-USA), se establece transitoriamente un mundo unipolar capitalista, donde el grupo de las siete potencias altamente industrializadas (G7), comandadas por Estados Unidos, disponen poner en práctica un camino abierto para consolidar sus políticas socio-económicas.
Sin embargo, este camino conduce también a establecer nuevas confrontaciones y establecer otras polaridades: El conflicto Norte-Sur (países ricos-pobres) y el surgimiento de la China Comunista como potencia económica y militar.
Para entender el rumbo que nuestro mundo actual sigue es necesario volver a los orígenes del Capitalismo y seguir su evolución hasta nuestros días, haciendo ésto de la manera más imparcial posible.
Para entrar en materia debemos reconocer los tramos del camino capitalista, los que podemos nombrar como Liberalismo Económico, Colonización, Imperialismo, Neoliberalismo y Globalización.
La primera etapa del camino la constituye el Liberalismo Económico, nacido en el siglo XVIII, el cual tiene como premisa fundamental el Laissez faire, laissez passer-dejar hacer, dejar pasar-, término acuñado por el francés Gournay, y explotado después por Adan Smith.
GOURNAY
Sin embargo, este Liberalismo Económico no debe confundirse con el Liberalismo Filosófico, equivalente según algunos pensadores, con la Democracia y que se contravienen en aspectos importantes.
Gournay perteneció a la escuela Fisiócrata, la cual tenía como base la creencia en el libre comportamiento de las leyes naturales y surgió como contraparte de la escuela Mercantilista que pregonaba el atesoramiento de las riquezas mediante la creación de barreras aduaneras, para impedir las importaciones; avalaba el control estatal de la producción e, incluso, fomentaba la creación de empresas estatales y el establecimiento de controles a los precios.
La escuela Fisiócrata basaba la riqueza de las naciones en la tierra y no en las fábricas y estaba en dependencia de la producción y circulación de bienes y no en el atesoramiento.
QUESNAY
A partir de estos postulados surge con fuerza la teoría de la Libertad Económica, cuyo máximo exponente era Adam Smith con su obra "Investigación sobre la Naturaleza y causas de la Riqueza de las Naciones ".
ADAM SMITH
El liberalismo se asienta en la libre iniciativa individual con ánimo de lucro, en la libre competencia como reguladora de precios y producción y en el libre comportamiento del mercado. En la práctica éstos constituyen los enunciados básicos de la nueva corriente: El Capitalismo.
En consecuencia, el primer rasgo del Capitalismo es el egoismo (afán de lucro): Si aparece una necesidad el capitalista o libre empresario busca satisfacer esa necesidad, siempre y cuando obtenga una remuneración por tal hecho.
Produce cuanto se necesita y lo vende, lo que conduce inevitablemente a la competencia.
Ya que otros capitalistas, al darse cuenta de los beneficios económicos que se generan al producir el satisfactor, deciden, por tanto, producir también lo mismo y comercializarlo, lo que conduce a una caída libre de precios, puesto que cada competidor, para colocar su producto en el mercado, debe venderlo más barato e inversamente, en teoría, la calidad del producto mejora.
Todo este mecanismo tiende "naturalmente" a estabilizar los precios y evita la especulación. Ahora bien, como las necesidades humanas no son ilimitadas, la producción tampoco puede serlo, se establece un límite de tiempo y producción.
Grosso modo, ésto constituye la Ley de la Oferta y la Demanda, según la cual el precio de un producto se mantiene siempre y cuando el volumen ofrecido no sobrepase a lo requerido.
Este proceso es automático, reversible y contribuye a la diversificación de la economía puesto que al saturarse el mercado de determinado producto y agotarse su productividad, el capitalista busca nuevos mercados con nuevos productos.
Según Smith, esta ley se cumple a cabalidad en la relación del obrero-empleador: Como un silogismo, si aumentan los precios aumentan las utilidades, por tanto, de forma natural, debe aumentar la producción; entonces si aumenta la producción va a aumentar el empleo y los salarios se elevan. Conforme la oferta se hace mayor que la demanda el proceso actúa inversamente.
En el caso de que aumenten las utilidades se expande la actividad económica y aumenta la demanda liberal. El problema radica en que este aumento salarial puede, en un momento dado, desaparecer las utilidades, lo cual hace que entre en escena la Ley de la Población; a mejores salarios mejor nivel de vida del proletariado, aumenta la población y, por ende, aumenta la mano de obra.
Esta competencia natural entre proletarios conduce a una baja del salario. A mayor oferta de trabajo los salarios se estabilizan.
En resumen, la mecánica liberal se fundamenta en la actuación libre de las leyes naturales, sin intervencionismos de ninguna clase, principalmente estatal.
Los liberales, integrados en la escuela de Manchester, sostenían la tesis de un Estado completamente ajeno a la actividad económica, procurando la no intervención con funcionalidad dentro de los límites de la vigilancia nacional o individual (Estado Guardián) y ciertos aspectos que la iniciativa privada consideraba no lucrativos.
En la primera mitad del siglo XIX se destacó la influencia de la llamada Escuela de Manchester (Manchester School) en la corriente político-económica de Gran Bretaña en favor del libre cambio.
Sus dirigentes más renombrados, Richard Cobden y John Bright, fundaron más tarde la Anti-Corn Law League para combatir, no sólo los tributos y prohibiciones a la importación de granos, sino todas las restricciones al comercio interior y exterior.
Valiéndose de los argumentos de Malthus, demostraban las ventajas que para Gran Bretaña representaban la libre entrada de cereales y la consiguiente baja del costo de la vida, con lo cual se conseguiría una producción más barata y una manifiesta superioridad en el campo de la competencia internacional.
Las llamadas leyes de los granos fueron abolidas en 1846, las leyes de navegación se abolieron al año siguiente, y hacia el año 1860 el sistema proteccionista había desaparecido por completo de las prácticas políticas y económicas de Gran Bretaña debido, en parte, al llamado manchesterismo.
Lo que voy a describir ocurrió hace mucho tiempo, por lo cual no todas las cosas que recuerdo son tan claras como quisiera, pero sí ocurrieron en realidad.
Son las cinco de la mañana del viernes 10 de noviembre de 1978, me cuesta un bigote despertarme, pero poco a poco voy abriendo los ojos, que me pesan terriblemente.
En la cama contigua René ronca plácidamente y, por lo visto, no tiene la menor intención de levantarse; parece que el único entusiasmado con el viaje que vamos a realizar soy yo.
Con mucha dificultad me deslizo hacia el suelo y sosteniéndome con una mano apoyada en el piso, con la otra suelta le halo las chamarras; como si hubiera estado conectado con la cubrecama, René lanza millones de tapotas y vulgaridades y con un gesto entre risueño y como la gran p... vuelve a maltratarme. Yo hago caso omiso y le reto a que se levante, todavía tenemos que bañarnos y desayunar...
Hace un frío de cien mil diablos (por cierto, nunca he sabido qué tienen que ver los diablos con el frío, se supone que ellos están muy calientitos allá abajo) y por poco no logro llegar al baño, casi quedo como chocobanano.
Lo cierto es que, la salida, que teníamos planificada para las seis de la mañana, se realizó rondando las ocho menos cuarto de la mañana.
Cabe decir que, como premio a mi esfuerzo y por haberme graduado recién el 28 de octubre, me gané un viajecito a Petén invitado por mi, en ese momento, gran amigo René Soto.
Aunque en principio el viaje lo realizaríamos en un avión de la fuerza aérea, René me lavó el coco y me convenció de que lo hiciéramos por tierra; para ser más explicitó, nos iríamos en su moto, una Kawasaki azulita, creo que 1800, con el fin de ahorrarnos dinero.
Créanme, salir con René era un auténtico dolor de cabeza, ¡qué hombre para ser tan displicente y haragán!
Todavía, antes de enfilar para la zona 1 pasamos donde una su conocida que residía en la zona 11 y luego, por fin, nos dirigimos hacia el Centro.
No contaba yo con que aún nos faltaba una visita.
Así es, ya en la zona 1 nos dirigimos a la trece calle y sexta avenida, allí funcionaba antiguamente un local de Hardee´s donde trabajaban unos amigos de mi amigo, lo bueno fue que nos regalaron unos pies de manzana y papas fritas para el camino.
Por fortuna, solo yo llevaba mochila, René había dejado toda su ropa en mi casa con el pretexto de que él tendría que regresar en diciembre. Así que nos pusimos en camino rumbo a la carretera CA9, conocida vulgarmente en Guate como carretera al Atlántico...
Eran ya las diez de la mañana cuando atravesábamos el puente Belice con rumbo a la carretera del Atlántico y a pesar del casco, el aire frío de noviembre calaba hasta los huesos.
Recién habíamos pasado un bolardo que señalaba el kilómetro cien, cuando la moto se detuvo intempestivamente y aunque René lo intentó una y mil veces, ésta no arrancó.
Gracias a Dios, unos cuantos metros adelante encontramos un taller mecánico y nos dirigimos hacia él.
El dueño nos atendió muy amable, empezó a revisar la moto como si fuera una modelo despampanante y luego de tres o cuatro tosidos, cinco escupidas y seis -ejem...ejem-, nos vio fijamente y con voz escueta dijo-son los anillos usté...-.
Kilómetro 100, carretera al Atlántico
Media hora nos tomó convencerlo de que nos desarmara la moto, pues argumentaba que era mecánico de carros y bueno... en casos especiales el costo... -usté ya sabe...-
Claro, entendíamos que el -usté ya sabe- nos iba a salir caro, pero no teníamos opción si queríamos continuar el viaje, así que aceptamos.
Para ser mecánico sólo de carros, se portó muy diestro en la desarmada del motor de la moto y muy pronto René se encaminaba en bus rumbo a Teculután, único lugar donde podíamos conseguir los repuestos.
De tal manera que yo tuve que quedarme a esperar, prácticamente sin un solo centavo en el bolsillo, ya que mi querido amigo me lo pidió todo por precaución -usté ya sabe...-.
En esos tiempos todavía había gente buena y confiada; al medio día, con un calor seco, típico de la región, yo tenía la boca tan árida como un desierto y sudaba a mares. La esposa (digo yo que era la esposa...) del mecánico me dió un vaso con limonada y un Tor Trix que cargaría a la cuenta en cuanto René regresara, lo cual ocurrió cerca de las cinco de la tarde.
Un estruendo se hizo sentir y cuando todos volteamos a ver, una Yamaha TT-500 de color amarillo hizo su ingreso al predio del taller a toda velocidad, en ella venían René y otro muchacho a quien no conocía, pero que resultó ser compañero de estudios de René y ocupaba sus ratos de ocio en coleccionar y reparar motocicletas.
Ciertamente, en menos de lo que canta un gallo, que a esas horas ya estaba, muy seguro, dormido, teníamos la moto otra vez funcionando. Cancelamos lo que el mecánico nos pidió por sus servicios prestados y tomamos camino otra vez hacia Río Dulce.
Cuando pasábamos por Teculután decidimos pasar a cenar a Longarone, un famoso restaurante que todavía estaba abierto y nos reempujamos una opípara cena, aunque yo tuve la precaución de no engullirme toda la comida y guardé, envuelto en una servilleta, un pedazo de carne a la milanesa para el camino. Demás está decir que el famoso ahorro no se estaba dando y, al contrario, mi capital iba disminuyendo conforme avanzaba el viaje.
No sé si fue una premonición o no, pero al rebasar el kilómetro 175 un ave se fue a estrellar violentamente en el casco de René y -usted ya sabe...-, debimos detenernos para limpiar nuestros cascos y la ropa...
Teníamos poco tiempo de haber superado el cruce que conduce a las ruinas de Quirigüa, yo calculo que era el kilómetro 236 o 237, cuando la moto se paró otra vez, solo que en esta ocasión todo se trabó, la luz se apagó y nos quedamos íngrimos y sólos en una carretera obscura y silenciosa a eso de las nueve y media de la noche.
Con una sonrisa que a mí me pareció idiota, René me dijo muy calladito-se nos olvidó kilometrarla...-. ¡se nos olvidó... se nos olvidó...!, ¡ a él se le olvidó!, yo jamás en mi vida había manejado una moto, mucho menos iba a saber cómo mantenerla, de tal forma que a mí no se me pudo haber olvidado, porque no lo sabía.
Nos encontrábamos con un desconcierto total cuando un camión repartidor de gaseosas se detuvo junto a nosotros; un -¿qué pasó muchá... se les jodió la moto?- provino de la cabina del piloto, un muchacho joven que vestía una camisa con cuadritos rojos y blancos, quien de inmediato nos ofreció subir la moto al camión y regresarnos a Guatemala. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a regresar a ninguna parte, mi destino era Petén... y a Petén iría, fuera como fuera.
Agradecimos el gesto amable del muchacho y continuamos nuestro camino; por momentos empujaba yo la moto y René sostenía la mochila y los cascos, luego cambiábamos y mi amigo se encargaba de hacer avanzar a la condenada moto.
Nuestra meta era llegar a la Ruidosa, al cruce que desvía la carretera con un ramal que lleva hacia Izabal y el otro hacia Río Dulce, pernoctar allí y luego, al día siguiente, tratar de convencer a un convoy militar que pasaba por el lugar como a las cinco de la mañana, para que nos llevara hasta Río Dulce.
En el camino nos encontramos a un grupo de campesinos que nos observaron entre sorprendidos y burlones, les preguntamos cuánto faltaba para la Ruidosa y nos contestaron con un lacónico- Ya poquito... sólo una subidita y una bajadita...-; subidita y bajadita que se hicieron eternas hasta que, como a las cuatro de la madrugada, completamente agotados nos detuvimos en un recodo de la carretera para descansar.
Acomodándome estaba sobre una gran piedra, cuando René lanzó un grito y empezó a saltar diciendo- ¡Llegamos... llegamos...lleeegamos!- y con su índice derecho señalaba frenéticamente hacia adelante.
Me apuro a levantarme y casi corriendo llevamos la moto hacia una galera que se encontraba cabalmente donde la carretera se bifurcaba. La espera fue terrible, en el área zumbaban unos zancudos pequeñitos, pero que parecían tener taladro, pues nos picaban a través de la ropa, que en mi caso era lona y tuvimos que colocarnos los cascos para que no nos despedazaran la cara, amén de que el frío de la madrugada hacía que tembláramos como gelatinas.
Así luce, en la actualidad, el cruce de la Ruidosa
Cabalmente, a las cinco de la mañana apareció una comitiva militar y René, con el júbilo marcado en su rostro, se dirigió hacia ella, les hizo señas con las manos, la caravana se detuvo y René habló con un oficial que movía insistentemente su cabeza de un lado hacia otro.Mientra, yo observaba, aterido y picoteado, desde lejos la escena.
Cuando llegó hacia donde yo me encontraba, René, con un mal disimulado desconsuelo, me dijo que los militares no iban para Río Dulce en ese momento y que nos harían el favor , pero hasta las tres de la tarde.
En verdad, yo parecía una estatua, sin embargo, me encontraba calmado. De repente apareció un pick up rojo que paró frente a nosotros; no sé de dónde salieron tantos aparceros, pero en un momento llenaron la palangana del pick up y, entre risas y tontos comentarios, se acomodaban uno por uno.
Nosotros aprovechamos el instante para tratar de convencer al chofer de que nos llevara a nuestro destino, lo que logramos con no poca dificultad y cinco quetzales de por medio, la cosa fue que aceptó y entre René y yo subimos la moto a la palangana; cabe decir que ninguno de los campesinos nos ayudó, parecía, incluso, que no existíamos para ellos.
Parados, en medio de la palangana, iniciamos el recorrido rumbo a Río Dulce. La carretera era de tierra, una tierra que a veces se tornaba rojiza y pronto volvía a su color natural.
Entre parada y parada nos tomó casi tres horas llegar a la entrada del pueblo, donde el vehículo se detuvo y el chofer nos indicó que hasta allí llegaba...
Nuevamente, entre los dos bajamos la moto que, a nuestro parecer, cada vez se hacía más pesada.
En esa época no existía el monumental puente que hoy atraviesa esa parte angosta del río, sino que había que esperar turno para abordar un ferry que cruzaba, tanto a pasajeros como a automotores, al otro lado del río.
Ese era el momento que nosotros debíamos aprovechar para tratar de encontrar a otro buen samaritano que nos llevara a Poptún, en el peor de los casos, o a Flores si corríamos con suerte.
Finalmente, luego de tres horas bajo el calcinante sol y de ir de Herodes a Pilato, conseguimos que un amable señorón nos llevara. Este, a diferencia de los tripulantes del anterior pick up, pues era más acomedido (como dicen en mi pueblo); únicamente nos pidió que nos embarcáramos nosotros primero en el ferry y que lo esperáramos en la otra orilla, conforme llegara su turno, tal vez media hora o cuarenta y cinco minutos.
Por suerte logramos colarnos en el siguiente viaje del ferry y, créanme, fue una experiencia maravillosa atravesar el magnífico Río Dulce de esa manera; el tráfico de lanchas no era denso y podíamos contemplar la anchura del río con toda su magnificencia. Embebido como estaba, no me percaté en que momento el ferry encalló ni cuánto tiempo hicimos en el recorrido, que a mí me pareció corto...
Como íbamos con la moto nos permitieron descender primero y lentamente buscamos un lugar propicio para evitar que la persona que nos llevaría pudiera perdérsenos.
El hambre ya apretaba, pero no podíamos gastar ni un centavo hasta no saber cuánto nos cobrarían por el viaje; en ese momento recordé que llevaba el pedazo de carne migada envuelto en la servilleta dentro de la mochila, la busqué como loco y cuando apareció sentí la gloria.
Nos repartimos mita mita y luego de una larga espera divisamos el ferry que venía nuevamente, pero esta vez con el camioncito blanco donde nos iríamos.
Diez quetzales nos pidió el amable señor por llevarnos a San Luis, un pueblito a cerca de diez y ocho kilómetros de Poptún; sin otra opción decidimos aceptar y nos encaminamos a subir la moto a la palangana del camión, sin embargo a un chiflido del piloto apareció de la nada un tipo entuerto, canoso y de mal aspecto con un machete curvo en la mano que se nos quedó viendo con cara de pocos amigos y con una voz gangosa nos preguntó dónde estaba la moto.
Entre los tres la subimos a la palangana y la atamos a una viga de madera que atravesaba ésta; para evitar que la moto cayera dispusimos turnarnos para irnos sentado uno en la moto y el otro durmiendo un poco para recuperar fuerzas.
Me tocó primero descansar, así que René se encaramó en la moto y lentamente, por un camino de tierra, angosto y agreste, el camión empezó su recorrido.
Luego de un buen trecho me incorporé y le ofrecí a René cambiar, lo que aquél aceptó gustoso.
A pesar de ser una camino maltratado y de ir en subida, no por eso dejaba de ser hermoso; hacia la derecha un muro montañoso lo protegía, pero hacia la izquierda todo era puro barranco, repleto de árboles y de aguadas donde esperaba yo ver aunque fuese sólo un lagarto, lo que por cierto, se me concedió.
Ensimismado como iba con la belleza del paisaje, no me percaté que el camioncito empezó a retroceder y me dí cuenta de esto cuando la llanta trasera patinó y el vehículo se inclinó hacia la siniestra; de un salto me bajé de la moto y me acerqué a la orilla de la palangana, solo para advertir que el camión se descolgaba hacia abajo.
A gritos traté de despertar a René, sin embargo éste no me respondía, entonces brinqué hacia la carretera y pude observar que hacia nosotros venía, muy despacio, una pipa de combustibles.
En aquel entonces, por esa carretera no cabían dos vehículos, de tal forma que él que iba en subida debía retroceder hasta un claro para permitir el paso del que venía.
Al mismo tiempo tiempo que yo bajé, lo hizo también el malencarado ayudante, quien se trepó como mico a la palangana, escarbó rápidamente y sacó un gran trozo de madera; tras un grito ininteligible y unos rudos ademanes, lo lanzó fuera del camión, yo lo recogí y como pude traté de meterlo bajo la carrocería, pero en ese momento el tipo me lo arrebató, lo puso en diagonal pidiéndome que lo sostuviera mientras el piloto hacía rugir el motor.
De pronto, el camión empezó a avanzar poco a poco hasta que la llanta tocó tierra otra vez. Al voltear pude ver al ayudante metido en el barranco levantando con sus manos el otro extremo del madero.
Para todo ésto, René ni siquiera despertó y cuando le conté, unos kilómetros adelante, se puso lívido y empezó a reír nerviosamente.
Gracias a Dios, el resto del recorrido transcurrió sin ninguna eventualidad y a las cuatro de la tarde llegábamos a San Luis, un lugar muy pintoresco, aunque un poco solitario.
Le dimos las gracias y los diez quetzales a nuestros buenos samaritanos y nos encaminamos a una tienda que logramos divisar. Sin embargo, nada más logramos comprar un par de bananos que nos devoramos con avidez.
Dadas las circunstancias, tomamos la decisión de empezar a caminar empujando la moto y tratar de llegar a Poptún ese mismo día por la noche.
Durante la travesía pasaron varios camiones y pick ups, pero ninguno atendió nuestra señal de auxilio.
Como a las seis de la tarde René no soportó el cansancio y se desplomó dejándome a mí con la moto encima; como pude me la quité y, ya desesperado, me dirigí hacia la mitad del camino.
En ese instante se aproximaba un camión tapisquero que, Dios es tan grande, detuvo su marcha, me aproximé al lado del piloto y le expliqué lo que nos pasaba. Ni lento ni perezoso el chofer se bajó del camión, llamó a su ayudante y subimos la moto a la carrocería, lo que costó bastante, hay que anotar.
Todavía hicimos dos o tres paradas para recoger la tapisca y entonces, en la última parada, el ayudante me indicó que me pasara a la cabina y que él cuidaría la moto.
Por cierto que René iba desde el principio en la cabina, pero cuando yo subí se encontraba bastante recuperado y bromeaba con el chofer. Para no hacer largo el cuento, resultó que el camionero era también de San Juan, de una aldea llamada Cruz Blanca y cada cierto tiempo viajaba al Petén para comerciar.
Gracias a esta coincidencia, cuando llegamos a Poptún, casi a las ocho de la noche, el coterráneo no quiso cobrarnos nada y todavía nos ayudó a bajar la moto.
Ya en Poptún, con hambre, con frío, shucos y despeinados, no tuve otra opción que preguntarle a René con la mirada qué diablos íbamos a hacer en ese lugar, hermoso, pero desconocido para mí. Entonces René, bajando la cabeza y sonriendo cínicamente me dijo- caminá, vamos pa´donde mis abuelos, que viven aquí cerquita-
¡Cabal!, caminamos dos o tres cuadras y llegamos a un pintoresco ranchito, rodeado por unas varas atadas con alambre de amarre y con un inmenso patio de tierra coronado por unos grandes troncos donde dormitaban algunas gallinas.
René abrió la reja hecha de cañas y se adentró hasta la puerta misma del rancho, tocó y al instante salieron dos ancianos, delgados ambos, que saludaron efusivamente a mi amigo, quien sin mediar palabra corrió hacia donde yo estaba y me apresuró a entrar la moto que, por fortuna, cabía en la entrada.
Después de las presentaciones de rigor, los abuelitos de René nos invitaron a darnos unos guacalazos en la pila que me reanimaron en verdad. Luego pasamos a sentarnos a una mesa pequeña y algo coja mi compañera, en la cual habían dos platos que contenían una sopa descolorida y sazonada con algunas hierbas que no reconocí. Como sea, para mí esa sopa era simplemente un exquisito manjar que, literalmente, me atraganté .
Más noche, René y yo salimos a recorrer las calles polvorientas de Poptún y cuando consideramos conveniente, regresamos a la casa de sus abuelos para acostarnos, ya que al día siguiente salía un bus a las cinco de la mañana con destino a la isla de Flores.
Los abuelos de René me acomodaron una hamaca en medio del rancho que, para mi infortunio, se rompió pasada la media noche, pero no tuve aliento para levantarme y me quedé dormido en el piso.
No cabe duda que estábamos salados. A las cinco y media René se despertó sobresaltado y a gritos corrió a despertarme repitiendo sin césar que el bus ya había pasado, lo cual, como es dable suponer, era cierto, sin embargo él insistía en que si nos apurábamos quizás podríamos alcanzarlo.
Nos despedimos apresuradamente de los buenos ancianos y empezamos a caminar lo más de prisa que podíamos. Las calles estaban desiertas y por casualidad topamos con una persona que nos confirmó lo que temíamos... el bus ya había pasado.
Yo consideraba que, sí habíamos sobrevivido a todas las peripecias y contratiempos sufridos antes de llegar a Poptún, lo que nos ocurría ahora no significaba absolutamente nada, así que insté a René a continuar caminando hasta donde las piernas aguantaran con la esperanza de encontrar cualquier tipo de transporte que nos llevara a Flores. ..
Eran las nueve de la mañana y nos encontrábamos sentados en la orilla del río Machaquilá cuando unos campesinos nos informaron que arriba, en la aldea, pasaba una Coaster con destino a Flores, de tal forma que a tropiezos nos dirigimos a un entronque que, con pelos y señales, los campesinos nos indicaron.
Olvidaba decir que la moto se había quedado en casa de los abuelos de aquél, por lo tanto nuestro único equipaje era mi mochila, a la que yo recordaba de color azul, pero ahora tenía unos primorosos toques café.
En adelante, todo fue miel sobre hojuelas, tardamos nada más que cinco horas en llegar a Flores, parados todo el camino y oyendo sin descanso un cassette de Nelson Ned que, por lo visto, le fascinaba al chofer.
De repente, Santa Elena apareció ante la vista del piloto, porque frente a la mía era en realidad muy difícil si tomamos en consideración que me encontraba apretujado entre dos señoras de voluminosa complexión que casi me asfixiaban.
A lo lejos pude divisar algunos techos y rótulos comerciales, pero nada más. René, que se encontraba casi doblado sobre uno de los sillones me dijo en voz baja que en ese momento el ruletero ingresaba al relleno para conducirnos, finalmente, a la isla de Flores.
La voz aguda y destemplada del ayudante nos indicó que el viaje había finalizado. Nos tomó quince minutos poder bajar , pero cuando lo hice, ante mis ojos el bello lago de Petén Itzá parecía dormitar y sus aguas se mecían suavemente ante el empuje tibio de una tímida brisa.
A pesar de la hora el sol pegaba con toda su plenitud sobre mi rostro y el calor era insoportable, sin embargo todo había valido la pena al contemplar la magnificencia del lago y la paz que se respiraba en aquella olvidada isla de Ciudad Flores.
En pocos minutos René conversaba animosamente con unos lancheros que lo trataban de manera muy familiar, me llamó y al acudir yo, me presentó con aquella gente simple, pero muy cordial, que me invitó a subir a una de las lanchas, la cual partiría en pocos instantes hacia nuestro destino final, nuestro verdadero destino final, el pueblo de San Andrés, situado en una de las orillas del lago y donde, a la sazón, vivía la familia de René.
De esta manera terminó una pequeña crónica de un viaje no anunciado, que me permitió, gracias a Dios, vivir los cuatro meses más hermosos de mi vida en esa inolvidable estancia en tierras peteneras.
Ojalá pueda, así lo espero, contar en próxima ocasión todo lo que viví en ese acogedor y hermoso municipio de San Andrés, Petén.
A la memoria de Héctor René Soto (QEPD), cobardemente asesinado en la década de los ochenta en su pueblo natal.
Se busca a individuo regordete, con largas barbas blancas y mejillas sonrosadas, que viste un primoroso atuendo color carmesí y coquetos adornos níveos en sus mangas, gorro y sacola. En la voluminosa cintura lleva colocado un grueso cinturón negro que ostenta una extravagante hebilla y, finalmente, calza unas adorables botas del mejor cuero lustradas en el parque Concordia.
Según testigos presenciales, el susodicho tripula un moderno trineo volador halado por fuertes renos a quienes llama por nombres extraños. El rebaño es comandado por un reno muy peculiar que posee un bombillo rojo por nariz, sin que se sepa si el original rumiante tiene autorización de la EEGSA para contar con planta eléctrica propia en su organismo.
Argumentan los entrevistados que el obeso hombrecillo ríe estruendosamente y tiene tos de fumador.
Algunos le han visto introducirse subrepticiamente por las chimeneas de las casas llevando a cuestas un fino y gigantesco costal que desprende intermitentemente unas deslumbrantes refulgencias. Aunque esta afirmación es poco creíble y no tiene bases confiables ya que la mayoría de los hogares guatemaltecos carecen de tal aditamento y por lo general los abnegados chapines esconden sus pudores protegidos por unas destartaladas y oxidadas láminas que sí tienen agujeros, pero donde difícilmente cabria nuestro voluminoso personaje. Por otra parte estos orificios son producto de proyectiles perdidos que impactan cuando algún hijo de vecina , estando más allá que acá, decide ponerse a disparar al aire a las dos de la madrugada porque está celebrando el día del lápiz.
En otras informaciones, algunos manifiestan que el gordito barbudo no actúa solo, sino que es acompañado por unos diminutos seres ridículamente vestidos de mallas verdes y con cara de bebedores consuetudinarios, quienes se autonombran duendes. Según las últimas informaciones recabadas se sabe que esta peculiar pandilla, popularmente conocida como la Mara del Polo, ha tomado reiteradamente por asalto los diferentes medios de comunicación, especialmente los televisivos, sin que las fuerzas de seguridad del Estado hayan intervenido e, incluso, se rumorea que esta peligrosa banda cuenta con el beneplácito presidencial para ingresar a las instalaciones de los medios sin utilizar el recurso de la fuerza, a cambio de distribuir las bolsas solidarias y ahorrarse gastos de envío.
A nuestra redacción llegó un boletín de la CICIG, el cual califica a esta pandilla de altamente sospechosa y es acusada de los siguientes cargos conjuntamente con su jefe, el regordete barbudo:
Los cargos a los cuales deberá responder este pintoresco personaje y su gavilla son:
Se le acusa de apropiación indebida del sentimiento navideño,
Estimular la penetración de ideologías exóticas
Invasión a la propiedad privada de los corazones infantiles,
Ser sediciosos y agitadores de masas, incitando a éstas a comprar, comprar y más comprar aunque tengan que pegar el tarjetazo y quedarse con el sueldo empeñado para el año siguiente,
Violación constante e ininterrumpida del espacio aéreo guatemalteco sin reportarse a la torre de control, no respetar las indicaciones de Aeronáutica Civil ni avisar al INSIVUMEH y a la CONRED, que pueden declarar un estado de alarma naranja por su presencia,
Se sospecha que pueda tener vínculos con la OTAN o la CIA y, con la casaca de que viene a dar regalos, en realidad esté inspeccionando el campo para preparar una invasión gringa a nuestro territorio,
Según EMETRA y EMIXTRA, el simpático panzón no tiene licencia vigente para conducir trineo, éste no está matriculado, se pasa los semáforos por encima, no respeta los límites de velocidad en el Periférico y no controla las emisiones de plomo de los renos,
Es investigado, además, por la SAT, con el argumento de que no reporta el ISR a pesar de las jugosas ganancias que le dejan los innumerables comerciales que realiza, aparte de ingresar mercadería de contrabando y no pagar los respectivos impuestos y mordidas en Ciudad Tecún Umán,
No tener visa de ingreso , no tener permiso laboral y estar indocumentado ya que tampoco cuenta con pasaporte ni DPI, ni aparece en el padrón electoral,
Pero, lo más lastimero y su peor delito es el de secuestrar el mensaje de paz y amor del pequeño Niño Jesús y el de insistir en cambiar la ancestral tradición de venerar el natalicio del Hijo de Dios a través de un bombardeo sistemático de costumbres ajenas a las nuestras.
Si usted lo ve, cosa poco probable, ya que tiene fuertes contactos en la DEA y la PNC y ya debió ser avisado para preparar su fuga y no pasar en el preventivo de la zona 18 la Nochebuena, pero... digo, si lo encuentra, tómelo del pescuezo, hágalo un rollito y envíeselo al Tío Sam por e-mail. Luego váyase a la Misa de Gallo y al regresar recé aunque sea una décima frente al nacimiento en compañía de su familia.
No deja de tener, sin embargo, algo de pintoresco esto de los buses urbanos. Y es que en Guatemala, un bus urbano, o camioneta como le llamábamos antes, desafía todas las leyes de la física y de la química.
Una condición sine qua non de un bus urbano es que el medio siempre está vacío. Por algún motivo los extremos de estas chatarras toda la vida andan atestadas de gente, pero el medio, el medio es sagrado para los brochas y los pilotos; en ese punto exacto de la camioneta jamás hay nadie, ni nada, ni lo habrá y durante todo el recorrido usted oirá decir en cada parada- córranse para en medio , por favor, está vacío...señito, haga caso, en medio hay lugar... si no se quiere mover, tons dé permiso... el caballero de chumpa azul, ¿ es sordo o es burro?,¿ no oyó que en medio va vacío?- frases repetidas hasta la saciedad en todo el trayecto y no cabe duda que la visión de los brochas debe ser muy aguda o digna de Superman, porque aunque usted trate de llegar al famoso medio, treinta o cuarenta personas hacinadas cerca de él se lo impiden; lo que es más, en lugar de darle permiso le sueltan dos o tres tapotas pues usted se paró en los cansados pies de ellos y de nada valen las disculpas.
Cuando, por fin, logró acomodarse debe soportar a otras sesenta personas encima suyo que tratan también, infructuosamente, de llegar a donde el brocha les indica. Por cierto que para gritar a todo pulmón que se corran, el susodicho brocha va encaramado en una de las ventanas sosteniéndose asido al vidrio y con los pies colgando.
De pronto, alguien que va malo de la panza decide lanzar al viento un piropo que huele a a agua de rosas... shucas y en cuestión de segundos el aroma se dispersa por todo el bus mezclándose con el olor a patas, a golpe de ala, a mal aliento y a perfumes baratos que ya deambulan en el interior del medio de transporte. Yo creo que los chapines citadinos ya perdimos el sentido del olfato, pues no logro entender cómo aguantamos esa mescolanza de olores sin que nos haga llamar a Hugo y podamos llegar vivos a nuestro destino.
Y hablando de llegar vivos, en la actualidad eso se ha convertido en un auténtico reto; si no son los mareros que disparan a mansalva al bus porque el chofer no quiso pagar el impuesto, son los mismos choferes los que temerariamente deciden ir a empotrar el bus a cualquier poste o pared que se atraviese por el camino, dándose inmediatamente a la fuga y dejando a los sopapeados usuarios super amolados..
Debo añadir que no siempre son los señores mareros los que se encargan de practicar tiro al piloto, muchas de las muertes de éstos son producto de sus abusivas acciones y, creánme, no falta un disgustado vecino cuyo carro fue chocado por un bus, que no decida perseguirlo y clavarle dos o tres disparos entre ceja y ceja al imprudente piloto.
Otras veces son pistoleros a sueldo contratados por otros pilotos mafiosos o por dueños de autobuses que están dedicados a la extorsión dentro de su propio gremio los que por un ¡ quítame de allí esas pajas! se soplan a quienes no quieren colaborar voluntariamente con su próspero negocio.
Y no debe faltar la venganza de alguna damisela, que sintiéndose burlada y despechada, decide cobrarse la revancha. Y es que parea cantinear se pintan los ilustrísimos choferes. Dese cuenta, si alguna vez encuentra un bus vacío de usuarios, verá que junto al motor van tres o cuatro patojas a quienes el conductor les anda rascando el ala y disfrutan de un colazo gratis antes de que termine el turno.
Este pésimo servicio de transporte urbano no siempre fue así. Allá por los setenta, aunque era malo, era más o menos eficiente, nadie asaltaba los buses, habían inspectores que resguardaban el cumplimiento de las rutas, existían suficientes unidades para cubrir dichas rutas e, incluso, por cinco len podía uno estar en permanencia voluntaria como ocurría con la ruta 5 negro. Muy pocos buses tenían radio y si lo tenían la música que transmitían no era la horrenda de ahora, no habían extorsiones ni impuestos y los vendedores prácticamente no existían; los asientos eran de cuerina y, believe it or not, había timbre en las camionetas. Incluso, si uno quería, podía echarse el pestañazo aunque eso costase pasarse la parada.
En la actualidad, la Municipalidad puso en práctica un novedoso servicio llamado Transmetro que ha llenado en cierta forma las expectativas, desafortunadamente el tamaño de nuestras calles y la dificultad de colocar las terminales hace que no sea tan exitoso como debiera serlo.
Por otro lado, el gobierno actual, en contubernio con los señores transportistas ha empezado el proyecto del Transurbano, cuyos choferes, provenientes del mismo servicio urbano regular, ya hacen en las calles lo que se les pega en gana. Este sistema cuenta con un servicio prepago instituido para evitar el moco de los choferes y que las ganancias vayan directo a los empresarios, quienes, por aparte, se llenan los bolsillos con el subsidio estatal que permite tanto desmán. Por cierto, la forma en que se empezaron a vender las tarjetas prepago fue muy sospechosa y no se puede descartar un funesto plan entre el actual gobernante y los dueños de los buses, con miras a realizar un fraude electoral el año próximo y es que cuando el río truena, es porque piedras lleva...
Dentro de los muchos males que aquejan a nuestra querida ciudad capital, sin duda el transporte urbano se lleva la medalla de oro, ya que en él se juntan por lo menos cuatro o cinco jinetes apocalípticos que nos traen en puro rodeo a los capitalinos.
Y este problema no es nuevo, desde los setentas cuando los paupérrimos autobuseros quisieron subir de cinco a diez centavos el valor del pasaje, empezaron las primeras escaramuzas entre las fuerzas del orden que protegían a los buses y el humilde pueblo que llenaba los sanitarios del parque Centenario después de recibir cientos de bombas lacrimógenas. Se inició de este modo el deporte olímpico guatemalteco no reconocido por el COI y que derivó en varias ramas, por ejemplo, el salto alto para echarle gasolina al bus e incendiarlo, carrera de trecientos metros con llantas humeantes y transeúntes sopapeados y lucha grecorromana contra el Pelotón Anti Motines. Lastimosamente, como ya lo mencioné antes, las infiltraciones de maras promovidas por los demócrata cristianos hicieron que estas actividades netamente populares empezaran a degenerar en hechos ultra violentos y en saqueos.
Este pisa y corre entre autoridades, dueños de buses y el populacho se mantendría hasta la época en que el Conejo Berger fungió como alcalde de la ciudad. De repente, los cambios de estrategia de los señores autobuseros fueron haciendo que ellos obtuvieran sus incentivos económicos a fuerza de darle atole con el dedo a la población.
Por otro lado y, me parece, como consecuencia de la firma de los Acuerdos de Paz, los ánimos del pueblo fueron decayendo paulatinamente conforme tuvieron que enfrentarse a un enemigo más temible que el Ejército o la Guerrilla: La delincuencia común y el crimen organizado.
Pero, lo miremos de dónde lo miremos, este asuntito del servicio de transporte urbano es sumamente complejo para todas las partes en disputa, aunque es el ciudadano común y, mucho más, corriente el que lleva la pior parte.
Yo sigo creyendo que el rescate de los mineros en Chile fue un acto heroico, para mi mala fortuna ese tipo de heroísmo hace que no tenga palabras para llamar a nuestros usuarios del transporte colectivo en Guatemala, ¿Héroes?, ¡naaaa!... tal vez los podría llamar mártires, aunque no creo que al final uno alcance la santidad teniendo que lidiar con estos cafres que son los pilotos, los brochas y los de arriba.
El calvario empieza muy de mañana con la caminada a la parada de buses, con las manos en los bolsillos y tiritando de miedo, vamos volteando la cabeza para todos lados en espera de que los amigos de lo ajeno se nos pongan enfrente con muy malas intenciones y para cuando llegamos a la parda llevamos una tortícolis de película. Luego viene la segunda caída, esperar el bus y para ésto transcurre media hora, pero el bus no viene; pasan de todas las rutas habidas y por haber, el nuestro... nanay. De repente logramos divisar uno y corremos apresuradamente a encontrarlo, lastimosamente no nos damos cuenta que otros cien desesperanzados también lo hacen y cuando el bus se detiene, prácticamente llegamos cargados hasta la puerta de entrada.
¡Inútil esfuerzo!, el bus viene hasta las jachas y no cabe ni una pulga; el chofer voltea a ver y con una sonrisa cínica empieza a acelerar dejándonos con un palmo de narices.
Transcurrida una hora y media logramos por fin abordar una unidad y nos vamos colgando de la puerta, apenas asidos a un hierro suelto o al tubo del retrovisor .
El tráfico ya es infernal y el bus va a vuelta de rueda; el piloto decide poner entonces la radio a todo volumen y empezamos a escuchar, aún en contra de nuestra voluntad, las más estruendosas melodías de rap, hip hop y cuanto ritmo salvaje se haya inventado, para luego tener que soportar los más pésimos anuncios que cualquiera se pueda imaginar.
A medio camino el bus se ha desahogado un poco y logramos adentrarnos en él, más de la mitad de los pasajeros son trabajadores de maquilas y se bajan por tanates cada cierto tiempo. Conforme el bus se vacía viene la tercera angustia, no sabemos en qué momento y quiénes dispondrán gritar -¡Esto es un asalto!- y uno a uno nos quitarán los pocos lenes que llevamos y de pilón el celular, si usamos.
Claro está que llegamos al trabajo pisoteados, con la ropa hecha jirones, despeinados, basculeados y con los nervios de punta porque otra vez marcaremos diez minutos después de la hora de entrada y son billetes menos a fin de mes.
Por la tarde, el calvario se repite; sólo que ahora debemos pagar más por el pasaje y nada de chistar cuando tres o cuatro mareros convertidos en brochas se paran para exigir el Quetzal extra. De repente el bus empieza una alocada carrera, rebasando y casi colisionando con otros vehículos, dobla en la esquina, sigue recto, cruza otra vez, frena, acelera, rechina las llantas y adentro del bus los pasajeros pareciera que van haciendo la ola o bailando algún ritmo desconocido. La razón de tanto desaguisado es que el chofer logró divisar otro bus de su misma ruta y empieza a pelear pasaje; algo que nunca he entendido porque en su desenfrenada carrera no le para absolutamente a nadie.
Mientras tanto, los brochas sobijean a todas las patojas bonitas, le sacan la madre a los brochas de otros buses, se bajan a comprar agua pura a cualquier tienda y se tardan una eternidad para hacerlo; por supuesto que el señor piloto los espera estacionado a media calle y con la trompa del bus también a mitad de camino ya que se estaba pasando el semáforo en rojo cuando sintió sed.
En realidad, no sé qué es peor, si ir parado soportando los vaivenes de la navegación a control remoto, o el ir sentado en esas caricaturas de sillones, con asientos de madera, que se zafan cada vez que el chofer frena y nos damos de boca con el agarramanos.
Pero la cosa no termina aquí. Cada cuadra se sube un vendedor distinto; el de por acá vende lapiceros mágicos que sólo pintan cuando ellos los muestran y al llegar a casa no hay poder de Dios que haga expulsar una gota de tinta; el de más allá vende cuatro dulces por un Quetzal; el de acuyá le vende un juego completo para zurcir que en la tienda o cualquier almacén de prestigio le cuesta veinte Quetzales, pero no... usted no va a pagar ni veinte, ni quince, ni diez Quetzales, él fue comisionado para venderles únicamente por esta vez el fabuloso producto por la mínima cantidad de cinco-¡CINCO!- Quetzales.
Ya medio a pichinga de tanto vendedor y cuando usted cree que va a poder echarse un pestañazo, aborda el bus uno de tantos ex convictos que honradamente se le acerca para que usted le dé una choca por lo menos, so pena de que si no lo hace, la próxima vez se va a subir con verduguillo en mano y ya verá la que se arma.
Y finalmente, un triste, adolorido e impotente ser humano que ya mató a toda la familia y hoy por hoy tiene cinco clases diferentes de cáncer y otras cuatro enfermedades incurables, que no puede trabajar y, para colmo de males, le recetaron treinta medicamentos a cuales más extraños, que no los venden aquí, sino sólo en Miami y pues, necesita hacer el ajuste para el pasaje y poder pagarle al coyote.
Aturdido y cansado, usted no se percata que el bus, que decía San Juan, se fue por el Naranjo, o si le gritaba el brocha ¡PETAPA...PETAPA!, se desvía por la Atanacio, o si iba a la zona 9, la pare en Vista hermosa. No hay más remedio que bajarse del bus diez cuadras adelante, pues don piloto no le escuchó cuando usted gritaba a todo pulmón ¡PARADA,PARADA,PARADAAAA! somatando el techo del destartalado armatoste y sacándole a toda la parentela. Con el hígado a punto de explotarle y luego de media hora de pleito, los zánganos aceptan devolverle aunque sea un Quetzal de los dos que pagó al inicio porque, arguyen, lo llevaron a pasear.
Del regreso, mejor ni hablo, no vaya a ser que me de un surmenage...